Uno de los temas que debe tomar en cuenta la organización del Festival de Viña del Mar es si quiere ser un show de recitales o un show de televisión. Eso va a servir para definirlo de mucha mejor manera. Elegir entre esta dicotomía tiene sus pro y sus contra.
Al ser una suma de recitales se produce que sean shows largos de artistas consolidados y de larga duración. El principal ganador es quien compró su entrada para ver a Marco Antonio Solís, Chayanne o el cantante de turno. Deben pasar muchos años para que alguien más pueda sumarse a esa categoría y ya se encuentra bastante desgastada. Año a año se van repitiendo los músicos y pareciera que se pusieran de acuerdo para venir.
Lo que sucede es que Viña ya superó esa etapa (aun cuando no se refleje) y lo que al parecer no se han dado cuenta es que el show del escenario tiene su objetivo en las 15 mil personas presentes. Ni comunicacional ni económicamente el fin son los asistentes, sino que el gran público que está sentando en su casa observando. A modo de ejemplo: los 61 puntos de rating de Kramer son los que marcan la pauta, más que las gaviotas que entrega el Monstruo.
¿Cómo debiera hacerse? Trayendo más números actuales. Los artistas que están realmente sonando en los rankings locales y combinarles (en la justa medida) con los de largo recorrido.
Hacer lo que se hizo con Coty (aunque con grupos más trascendentes) y llevarlo más allá. Traer a conjuntos que tengan 1 ó 2 discos con unos cuantos hits y que hagan shows de 30 minutos. Con esa duración se ajustan los tiempos televisivos y se puede un hacer un acto de alto impacto. Breve pero fuerte.
Además que debieran buscarse los shows especiales. En toda ceremonia de premios internacional (como las que hace MTV) se juntan varios artistas para realizar un montaje. Hacer eso no sería para nada descabellado y llenaría
En ese sentido debe renovarse Viña del Mar. Para avanzar hacia el futuro y no quedarse mirando al pasado.